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PRESENTACIÓN
Cierta
vez, cuando mi sobrina mayor tenía cinco o seis años
(ahora tiene más de veinte), le regalaron su primer reloj,
que ella lucía orgullosa y encantada ante el que se cruzara
en su camino. Yo, que siempre he sido juguetón, quise embromarla
preguntándole la hora y, cuando me la dijo, para ponerla en
apuros le comenté: “Pero, está adelantado tres
minutos”. Después de unos segundos de silenciosa vacilación,
se le iluminó el rostro y me replicó: “Por supuesto...
porque mi reloj es nuevo”. Su explicación puede que fuera
ingenua y, por supuesto, errada, pero estuvo absolutamente acorde
a la impecable lógica con la cual los niños ven el mundo.
Esa lógica que suele ser mucho más “lógica”
que la de los adultos, que tendemos a complicar las cosas, a veces
hasta lo absurdo (¿acaso no tienen razón los niños
cuando dicen “él andó”, si se dice “él
cantó”, “él salió”, etc.?).
Esta
lógica infantil, mucho más sensata que la de los mayores,
pretende rescatar esta sección. Una mirada simplificadora,
y con mucho sentido común, de las cosas que suceden a diario,
en nuestro país o en el mundo, que tan complicadas parecen,
pero que, muchas veces, no lo son tanto.
Veamos
qué pasa.
Felipe
Jordán Jiménez
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AMABILIDAD
Por Felipe Jordán Jiménez
Cierto día, quedé atrapado en uno de los tantos tacos
que se producen a diario en Santiago, esta vez producto de un pequeño
accidente ocurrido más adelante. Iba con mi esposa y mi hija,
comentando fastidiados el suceso, pues teníamos prisa, cuando
nos percatamos que, de una calle lateral, dos o tres vehículos
querían doblar hacia la ya concurrida avenida por la que transitábamos.
Por supuesto, los conductores que iban delante nuestro no hicieron
el menor amago de detenerse para darles oportunidad de virar, a quienes
también, como todos, tenían prisa por llegar a sus destinos.
Quizás yo hubiese hecho lo mismo, si mi hija no hubiera exclamado:
“¡Menos mal que Jesús los guía!”,
haciendo irónicamente alusión a la calcomanía
que decía, justamente, “Jesús es mi guía”
que lucía en el vidrio trasero el auto que nos antecedía.
Obviamente, nos detuvimos y dejamos pasar a los que esperaban, en
medio de los furibundos bocinazos de los que venían detrás.
Este suceso simple y tan cotidiano, además del acertado comentario
de mi hija, me hicieron reflexionar, precisamente, acerca de lo poco
cristianos que somos los cristianos a veces. El Mahatma Gandhi, líder
político y moral de la India, dijo una vez: “¡Qué
hermosa religión es el Cristianismo!... Lástima que
los cristianos no la practiquen”. Su intención no fue
hacer un chiste a costa de una religión que no profesaba, pero
a la que respetaba como su rectitud y humildad se lo exigían,
sino, sencillamente, expresar lo poco consecuentes que somos los cristianos
con los principios que debieran regirnos.
La amabilidad, o sea, la capacidad de
hacernos amar, es cada día más escasa en la convivencia
ciudadana, principalmente, porque todos creemos que lo nuestro es
siempre más importante que lo ajeno. Es más, hay personas
que, definitivamente, creen estar solas en este mundo y que lo que
hagan, o no hagan, no afectará a nadie más. Entonces,
ocupan dos espacios en el estacionamiento del supermercado; buscan
la manera de evitar hacer la fila, pues “están apurados”;
retan a la cajera porque, después de ocho horas de trabajo,
ya no es tan amable como debiera; alargan la conversación sin
importarles que otros, bandeja en mano, esperen la mesa que ellos
ocupan; etc. También están los que, durante el fin de
semana, llaman por teléfono para ofrecer un crédito
bancario (y aquellos que los mandan), los que envían propaganda
y cadenas inútiles por internet, los que pintarrajean las paredes,
los que ocupan cada espacio libre para meter publicidad... en fin,
todos mirándose el ombligo, sin darse cuenta de que a su lado
hay otras personas con el mismo derecho a existir que ellos.
Por eso me pregunto: ¿cómo
puede una persona pretender ir por la vida bajo la guía de
Jesús, sin amar a su prójimo? Porque todas esas pequeñas
faltas de respeto, esas mínimas muestras de arrogancia, esas
casi imperceptibles muestras de desprecio, esas aparentemente inofensivas
burlas y una infinidad de actos, u omisiones, que cometemos en contra
de los demás y que parecen tan sin importancia, son exactamente
lo contrario de la premisa cristiana que se nos inculca desde niños.
Con mayor o menor fe, seamos creyentes o no, de alguna manera, eso
es lo que se nos enseña desde la más tierna infancia:
no hagas a otros lo que no te gustaría que te hicieran a ti;
tus derechos terminan donde comienzan los derechos de los demás;
hoy por ti, mañana por mí; Chile, un país solidario;
dar hasta que duela...
Hablando de
Cristo, no como hijo de Dios, sino como difusor de una forma de convivencia
entre los hombres, resumida magistralmente en cuatro palabras: “ama
a tu prójimo”, esa premisa sencilla, fácil de
comprender, ¿por qué no la aplicamos? No se trata de
morir por lo demás, ni darlo todo por ellos, no... Se trata,
simplemente, de ser más amables, o sea, de hacernos amar...
Así como un gesto antipático despierta odiosidad, un
gesto amable de nuestra parte, llama a la amabilidad en los otros.
Y no es necesario ir por la calle sonriendo o saludando como un tonto,
ni de correr a abrirle la puerta a una anciana, ni de dar el asiento
en la micro aun cuando se está muy cansado. Nada de eso, basta
con pensar en que no se está solo en el mundo, por muy importante,
poderoso, lindo o popular que uno se crea.
Felipe Jordán
Jiménez
Abril de 2008
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NIÑOS, NIÑOS, NIÑOS...
Por Felipe
Jordán Jiménez
Hay muchos niños
a mi alrededor y, de vez en cuando, me detengo a verlos jugar o a
escucharlos (cosa que recomiendo a todos los adultos, especialmente
a los padres). En esos momentos, descubro que no hay mucha diferencia,
en lo esencial, entre estos niños de hoy y los que fuimos niños
ayer... o anteayer. De muestra, algunos ejemplos:
Mi hija de diez
años me pregunta si creo en la magia de la que hablan los libros
o que aparece en las películas y yo, como escritor que soy,
le contesto una ambigüedad que no es ni un sí, ni un no.
Pero lo interesante es lo que ella me replica: “Yo no creo en
la magia de los cuentos de hadas, porque es muy irreal; en cambio,
sí creo en la de Harry Potter, porque es así como más
científica...”. Al oírla, inmediatamente pienso
“la magia de los alquimistas” y no es raro que crea en
esa magia en especial, la magia que mezcla fantasía y razón.
Ya casi no es una niña, ya casi es una adolescente, y pronto
la fantasía infantil será reemplazada por la emotividad
hormonal y la duda racional.
Yo, a su edad
o, quizás, un poco antes, era fanático de los cómics
y, de tanto leerlos, me pasó lo del Quijote: terminé
creyéndome Súperman. Y no era un juego, realmente estaba
convencido de que venía de otro planeta y que estaba destinado
a cuidar de la humanidad, etc. Todo eso. Sin embargo, y aquí
hago el paralelo con mi hija, yo me daba cuenta de que carecía
de superpoderes, pues, no me bastaba con imaginármelos (puesto
que yo era Súperman, debía tenerlos de verdad), así
que, casi inconscientemente, encontré la solución perfecta:
era aún muy chico para tenerlos y debía “madurar”
para que se me manifestaran; así, a los doce o trece, seguramente
se desarrollarían en mí la fuerza hercúlea, el
poder de volar, la invulnerabilidad, etc. Es decir, la misma mezcla
de fantasía y razón de mi hija.
Otro ejemplo.
Les regalo a mi sobrino y al hijo de mi comadre, sendos arcos y flechas
hechos por mí. Son bonitos, firmes y muy efectivos, no son
juguetes, son arcos y flechas de verdad. El entregárselos da
paso a un espectáculo imperdible: al principio, se desconciertan,
asaltados por numerosas dudas (¿qué es esto?, ¿de
verdad es para mí?, ¿y “dispara”?); luego,
se quedan embobados, fascinados por las curvas, la cuerda tensa, las
flechas emplumadas, en fin... por todo; finalmente, estalla el entusiasmo
y corren afuera para probar su puntería o qué tan lejos
llegan las flechas, olvidando todo lo demás (mi perversión
favorita es, justamente, lograr opacar, con algo tan simple como un
arco y unas cuantas flechas, al costosísimo auto a control
remoto que el papá del niño en cuestión le ha
comprado... para jugar él en realidad).
Al verlos, recuerdo
a mis amigos del barrio en navidad, cuando todos salíamos temprano
a mostrar lo que el viejo pascuero nos había traído.
Eran las mismas caras de felicidad de mi sobrino o el hijo de mi comadre...
y por las mismas cosas simples (en mi barrio lo más caro eran
las bicicletas): autitos de plástico, pistolas de vaquero,
pelotas de fútbol, muñecas de trapo, etc. Y todos éramos
dichosos por lo que teníamos, al mismo tiempo que envidiábamos
lo que tenían los demás.
El último.
Recuerdo que trabajé en un colegio que, producto de las obras
de su construcción, tenía en uno de sus patios una pila
de enormes piedras, amontonadas unas sobre otras, de manera tal que,
entre ellas, quedaban espacios semejantes a cuevas. No había
otro lugar en todo el colegio, como no fuera la cancha de fútbol,
con mayor éxito que ese roquerío y siempre estaba atestado
de niños jugando sobre y entremedio de él. Tan atractivo
era, que a veces se producían peleas entre los que querían
usarlo, por lo que los profesores debíamos hacer turnos en
los recreos para vigilarlo. Así fue como me enteré de
las mil aventuras que corrían los chicos en ese accidental
parque de diversiones paleolítico.
Cuando yo era
niño, había en mi calle un lote baldío, equivalente
a dos o tres sitios, que estuvo desocupado por años y en el
que jugábamos todos, también corriendo las mayores y
mejores aventuras, tal como los niños de aquel colegio en su
pila de rocas.
Los niños
son siempre niños, en cualquier época y en cualquier
lugar. Quieren jugar, correr aventuras, encontrar el tesoro, ser superhéroes,
etc., etc. Y cuando comienzan a dejar de ser niños, mezclan
la realidad y la fantasía, algunos más, otros menos,
hasta que se enamoran por primera vez y descubren que la realidad
puede ser más fantástica, valga la redundancia, que
la fantasía. Eso me pasó a mí a los doce y ya
no me importó no ser Súperman.
Los adultos solemos
decir que los niños de hoy son distintos, lo que es incorrecto.
Lo que sí es cierto es que los niños hoy buscan en los
videojuegos, internet o el chat, lo mismo que buscábamos nosotros
en el volantín, el trompo, las naciones, etc.: jugar, divertirse
y tener amigos. En suma: ser niños.
Nada más.
Felipe Jordán
Jiménez
Julio de 2007
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¿POR
QUÉ LEER?
Por Felipe Jordán Jiménez
En
el camino de un profesor de lenguaje, constantemente sale al paso
esta pregunta, que puede parecer una duda absurda, pero que no lo
es tanto, puesto que no siempre es contestada con acierto. Seguramente,
muchos de los que están leyendo esto ahora, la formularon más
de una vez y, me atrevo a afirmar, pocos quedaron satisfechos con
la respuesta recibida. Intentaré explicar aquí, por
qué es tan importante leer, cuando hay muchas cosas más
entretenidas que hacer.
Por
una parte, la lectura es un hábito y no un don, es decir, se
puede aprender y perfeccionar por medio de la práctica, y no
es exclusiva de unos pocos afortunados. Por otro lado, no solo es
un gusto (como el gusto por la ópera o la pintura), también
es una habilidad que ocupamos, y mucho, para satisfacer nuestra necesidad
de comunicación. Es cierto que, tratándose de literatura,
generalmente se lee por placer, pero no es menos cierto que gran parte
de la información vital que nos llega todos los días,
debemos leerla. Este solo hecho ya justifica la lectura como práctica
habitual.
Sin
embargo, hay otras razones, menos evidentes, pero tanto o más
importantes, para leer:
1º
El cerebro que no sabe leer, solo entiende lo concreto (lo que se
puede ver, tocar, oler, oír o degustar), pero no sabe abstraer,
o sea, no entiende las ideas, si no van acompañadas de imágenes
o sonidos, etc. (por eso es que los libros para niños chicos,
están llenos de dibujos). Por ejemplo, para que un cerebro
no lector entienda el concepto de volar, es necesario que vea a un
pájaro o un avión volando.
2º
El cerebro que sabe leer, ordena todo lo que piensa de una manera
estructurada, de modo tal que puede asociarlo o relacionarlo en una
idea abstracta (no concreta). Por ejemplo, si escucha la expresión
“peinar un huevo”, asocia la imagen del huevo con el acto
de peinar y descubre que se trata de algo absurdo, que no se puede
hacer, por lo tanto, entiende que quien dijo eso, se refería
justamente a algo imposible de lograr.
3º
Como consecuencia de lo anterior, mientras más se lee, mejor
se comprende, no solo lo que se lee, sino todo lo que pasa en torno
nuestro. Y, mientras mejor comprendemos por nosotros mismos lo que
pasa, menos necesitamos de alguien que nos lo explique, por lo tanto,
somos más autónomos y menos manejables (es más
difícil engañarnos).
4º
Quien más lee, adquiere más información, en otras
palabras, conoce más, es más sabio. La lectura nos agranda
el mundo, ya no vivimos solo en lo inmediato (lo que está a
nuestro alrededor), pues sabemos que existen otros conocimientos,
lugares, costumbres y culturas.
5º
Quien lee habitualmente, escribe mejor y, también, maneja un
mayor vocabulario. En consecuencia, tiene más y mejores posibilidades
de comunicarse acertadamente (por escrito o al hablar), sin temor
a ser malentendido. Además, como conoce más palabras,
puede ser más expresivo, dándole el énfasis adecuado
a sus ideas.
6º
De yapa, quien lee mucho, suele tener una buena ortografía.
Estas
son las razones lógicas que responden a la pregunta de marras,
es decir, son los argumentos racionales que nos prueban, de manera
científica casi, el por qué es necesario leer. Pero,
dije antes que la lectura es un gusto, un placer, una entretención.
Leer es un puente que nos une con otros lugares y épocas; leer
es el alimento de la imaginación que es la madre de la creatividad;
leer abre las puertas del mundo para que podamos conocerlo; leer es
conversar con los grandes personajes de la historia, discutir con
los científicos, acompañar a los exploradores; leer
es, también, inventarnos mundos nuevos; leer es luchar en las
guerras, vivir aventuras, enamorarnos, reír o llorar, emocionarnos,
sufrir, incluso morir y renacer...
La
lectura nos hace crecer, en todos los sentidos y en todas las formas.
Felipe
Jordán Jiménez
Junio de 2007
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