Todo era agitación
en el gallinero. Las gallinas viejas, los pollos nuevos y hasta algún
pato intruso, comentaban el acontecimiento del día: los polluelos
estaban rompiendo el cascarón y, uno a uno, se asomaban tímidamente
a la luz del día. Eran hermosísimos, parecían motas
de algodón amarillo, con los ojazos negros y sus frágiles
patitas debiluchas.
Mamá gallina los recibía sonriendo y amorosamente los
cobijaba bajo sus alas, para darles calor y protección. Mientras,
Papá gallo esperaba ansioso afuera, pues, a pesar de lo fiero
y autoritario que era, no se atrevía a entrar a ver él
mismo la escena y comprobar que todo estuviese en orden y sin problemas.
Pero, la verdadera causa de su ansiedad no era el nacimiento en sí
de sus hijos, después de todo, ya había pasado por esto
treinta y dos veces, sin contar esta última. No, lo que a él
le preocupaba era otra cosa: quería saber si entre sus nuevos
hijitos, había un gallito rudo y valentón, para enseñarle
a ser el rey del gallinero
cuando él no estuviera.
Al día siguiente,
el perseverante gallo volvió al ataque y llevándose nuevamente
a su hijo aparte, recomenzó con sus lecciones. Menuda sorpresa
le esperaba.
-Hoy es un hermoso día- dijo Papá gallo, mirando el cielo
azul y el sol radiante-, indicado para el arte... Veamos, pues, el canto.
Has de saber, hijo, que la característica especial que nos identifica
a los gallos es nuestro canto:
ese potente, pero melodioso llamado matutino saludando al sol. Debe
ser gallardo,mas sin ostentación; sutil, sin embargo, notorio;
armonioso, pero sin monotonía; en fin, extraordinario... ¡y
sin extravagancias!
Debes saber que es el sello que marcará toda tu vida... que,
cuando sea escuchado, todos sabrán la calidad de gallo que eres...
y que, cuando lo entones sentirás que para eso has nacido, y
estarás orgulloso de tu porte, de tu cresta, de tus espolones
y, sobre todo, de tu garganta...
-¡Oh, vamos, papito, enséñame cómo se hace...!-
exclamó Gallito, entusiasmado por las palabras de su padre. Entonces,
envalentonado con la infantil admiración de su pequeño,
Papá gallo le explicó:
-Primero, hijo, tomas mucho aire inflando tu pecho hasta casi reventar...¡así!...
luego, bates las alas como para alentar a las notas a que salgan con
toda su fuerza...¡así!... ¡Y lo lanzas todo afuera,
dejando tu alma en ello!...¡así!- y
Papá gallo emitió el más impresionante, altisonante
y destemplado canto que se haya escuchado en mucho tiempo en el gallinero.
Incluso, las gallinas se paralizaron por un instante, hechizadas por
ese alarde de varonil fuerza. Gallito
quedó con la boca... es decir, con el pico abierto.
El gallo se sacudió displicente las plumas para acomodárselas,
esperando el comentario obligado de su hijo, que lo miraba con enormes
ojos de sorpresa y, supuso, admiración.
Pero Gallito no dijo nada. Aunque no era la primera vez que escuchaba
a su padre hacer ese estridente sonido, siempre creyó que era
sólo para despertar al mundo y que, cuando todos hablaban del
canto del gallo, se referían a otra cosa, bastante distinta a
ese... alarido. Él creía que cuando los gallos cantaban,
hacían eso: cantar, tal como cantaban las otras aves, a las que
había escuchado embelesado
más de una vez.
-¿Y bien...?- preguntó Papá gallo y ojalá
no lo hubiera hecho.
-Es... es horrible- contestó el polluelo, incapaz de mentir.
Y quedó la grande.
-¡¿Co-co-co-cómo...?!- exclamó estupefacto
su padre, y todo el mundo en el gallinero se volvió hacia ellos
al escucharlo. A Papá gallo casi le da un soponcio y queda tendido
ahí mismo, listo para la olla. Fue tanta su sorpresa, mezclada
con rabia y desconsuelo, que se quedó mudo y sólo atinaba
a mirar al polluelo alternadamente con cada uno de sus ojos llenos de
furia. Su cresta, naturalmente
colorada, se puso de un tono granate oscuro y, si hubiese tenido un
hoyo en la cabeza, seguramente habría salido humo por él...
Felipe
Jordán Jiménez

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