¡Que siempre te guste leer!
         
   
Felipe Jordán Jiménez - Escritor
     
   
     
Gato, el perro más tonto del mundo. (Extracto)
por Felipe Jordán Jiménez
 
           
 

[...]
Pero volvamos a Dalila y a mi historia, pues la perra y su tremendo instinto maternal, fueron la causa directa de todo lo que pasó. Todo porque en su última parición, en la que nacieron cuatro perritos, el amo le trajo otra vez, una cría extraña para que la adoptara. ¡Y vaya que era extraña! Dalila la olfateó, pero no pudo recordar ningún olor parecido: "No huele a perro", se decía sí misma, "tampoco huele al caballo que monta el amo, ni a la vaca Pascuala, ni a los pollos del gallinero, ni a las lagartijas que toman el sol en los cercos...". No, definitivamente ella no conocía ese olor. Pero, aunque no parecía perro, tenía pelos, cuatro patas y una cola, y eso le bastó a la buena perra para quererlo y darle su leche. No sabía la que se armaría después.

Al día siguiente, los perros se acercaron a conocer a los nuevos cachorros. El primero en llegar, fue Hércules, el orgulloso padre. Era un quiltro mezcla de pastor alemán con otra dos o tres razas más, extremadamente listo, fuerte y valiente, por eso era el líder indiscutido de los perros. Se allegó a Dalila, la saludó con un roce de narices (que es como el beso de los perros) y luego olfateó uno por uno a sus hijos: uno... dos... tres... cuatro y...
-¡¿Qué es esto?!-, exclamó dando un brinco.
-¿Qué pasa?- preguntó Dalila asustada, pensando que algo le había pasado a los perritos.
-¡Dímelo tú!- le respondió el perro con cara de perro confundido y le señaló a la quinta cría.
-Es un cachorro- dijo la perra también con cara de confundida.
-¿Un cachorro de qué?- Hércules quizás no fuera un perro de raza, pero ya dije que era muy inteligente y había visto y olido muchos cachorros, de perro y de otros animales, como para saber que ese no era ninguno de ellos.
-Tiene cuatro patas, ¿no?; y tiene cola, ¿no?; y está en la camada, ¿no?- Dalila no era tan lista como Hércules, pero era una madre dispuesta a defender a sus hijos, aunque no entendiera bien de qué debía defenderlos.
-¡Zapatillazos! ¡Nuevos cachorros, nuevos!- llegó saltando Aramís, feliz como siempre.
-¡Qué lindos, qué lindos! ¡Y son tan chiquitos!- llegó saltando Pandora, feliz como siempre.
Por supuesto, ninguno de los dos atolondrados cachorros se dio cuenta ni de la extraña cría, ni del altercado entre los otros dos perros. Entonces, llegó rengueando, el viejo Goliat, el mayor de todos, en edad y en porte, pues seguramente contaba con un gran danés entre sus antepasados.
-Déjenme oler a esos cachorritos- dijo mientras se acercaba con su paso cansino.
-Olfatea, viejo, y dinos qué clase de cría es ésta- le dijo Hércules malhumorado. Goliat, que ya no veía muy bien, allegó su nariz al pequeño y aspiró. "A ver, a ver...", decía al hacerlo, "este olor, este olor... ¡A la flauta! ¡Es un gato!", gritó por último, espantado. Los otros perros lo miraron extrañadísimos: "¿Un gato? ¿Y qué es eso?". Por increíble que parezca, resulta que en aquellos parajes no se veía un gato en años, no sé por qué, y ninguno de los perros había olido alguno en su vida. Ninguno, salvo Goliat, y aun él era muy joven cuando lo hizo, pero recordaba bien el olor y, sobre todo, recordaba lo que le había dicho solemnemente su padre: "Hijo, los perros y los gatos son enemigos mortales". Cuando los otros perros oyeron esto, se pusieron muy nerviosos y asustados.
-¿Y como vine yo a ser padre de un gato?- se retorcía atónito y un tanto molesto Hércules.
-¡Un gato, qué terrible, un gato!- exclamaba Pandora, pero luego se preguntaba- ¿Un gato... y qué es un gato?
-¡Un enemigo mortal! ¡Retúmbales! ¡Un enemigo mortal!- le respondía Aramís, pero luego él también se preguntaba- ¿Y qué es un enemigo mortal?
-No importa- respondió Goliat, no sé si a Hércules o a los cachorros-. Lo que importa es qué haremos con él.
Pero ninguno alcanzó a pensarlo siquiera, pues Dalila se alzó con los pelos del lomo erizados, las orejas tiesas y mostrando los colmillos, y les gruñó furiosa: "¡Con mi hijo no harán nada!", y les largó una andanada de ladridos que los hizo correr a todos, incluso a Hércules, que hasta los perros saben cuando es mejor no discutir con sus esposas. Pero, mientras corría, o más bien traqueteaba con sus oxidados huesos, Goliat decía jubiloso: "¡No hay por qué preocuparse, se irá como los otros!". Y, ya a prudente distancia de la perra y con la seguridad de que el gato sería regalado por los amos, los perros se sintieron un poco más tranquilos.

Felipe Jordán Jiménez


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