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Pero volvamos a Dalila y a mi historia, pues la perra y su tremendo
instinto maternal, fueron la causa directa de todo lo que pasó.
Todo porque en su última parición, en la que nacieron
cuatro perritos, el amo le trajo otra vez, una cría extraña
para que la adoptara. ¡Y vaya que era extraña! Dalila la
olfateó, pero no pudo recordar ningún olor parecido: "No
huele a perro", se decía sí misma, "tampoco
huele al caballo que monta el amo, ni a la vaca Pascuala, ni a los pollos
del gallinero, ni a las lagartijas que toman el sol en los cercos...".
No, definitivamente ella no conocía ese olor. Pero, aunque no
parecía perro, tenía pelos, cuatro patas y una cola, y
eso le bastó a la buena perra para quererlo y darle su leche.
No sabía la que se armaría después.
Al día siguiente,
los perros se acercaron a conocer a los nuevos cachorros. El primero
en llegar, fue Hércules, el orgulloso padre. Era un quiltro mezcla
de pastor alemán con otra dos o tres razas más, extremadamente
listo, fuerte y valiente, por eso era el líder indiscutido de
los perros. Se allegó a Dalila, la saludó con un roce
de narices (que es como el beso de los perros) y luego olfateó
uno por uno a sus hijos: uno... dos... tres... cuatro y...
-¡¿Qué es esto?!-, exclamó dando un brinco.
-¿Qué pasa?- preguntó Dalila asustada, pensando
que algo le había pasado a los perritos.
-¡Dímelo tú!- le respondió el perro con cara
de perro confundido y le señaló a la quinta cría.
-Es un cachorro- dijo la perra también con cara de confundida.
-¿Un cachorro de qué?- Hércules quizás no
fuera un perro de raza, pero ya dije que era muy inteligente y había
visto y olido muchos cachorros, de perro y de otros animales, como para
saber que ese no era ninguno de ellos.
-Tiene cuatro patas, ¿no?; y tiene cola, ¿no?; y está
en la camada, ¿no?- Dalila no era tan lista como Hércules,
pero era una madre dispuesta a defender a sus hijos, aunque no entendiera
bien de qué debía defenderlos.
-¡Zapatillazos! ¡Nuevos cachorros, nuevos!- llegó
saltando Aramís, feliz como siempre.
-¡Qué lindos, qué lindos! ¡Y son tan chiquitos!-
llegó saltando Pandora, feliz como siempre.
Por supuesto, ninguno de los dos atolondrados cachorros se dio cuenta
ni de la extraña cría, ni del altercado entre los otros
dos perros. Entonces, llegó rengueando, el viejo Goliat, el mayor
de todos, en edad y en porte, pues seguramente contaba con un gran danés
entre sus antepasados.
-Déjenme oler a esos cachorritos- dijo mientras se acercaba con
su paso cansino.
-Olfatea, viejo, y dinos qué clase de cría es ésta-
le dijo Hércules malhumorado. Goliat, que ya no veía muy
bien, allegó su nariz al pequeño y aspiró. "A
ver, a ver...", decía al hacerlo, "este olor, este
olor... ¡A la flauta! ¡Es un gato!", gritó por
último, espantado. Los otros perros lo miraron extrañadísimos:
"¿Un gato? ¿Y qué es eso?". Por increíble
que parezca, resulta que en aquellos parajes no se veía un gato
en años, no sé por qué, y ninguno de los perros
había olido alguno en su vida. Ninguno, salvo Goliat, y aun él
era muy joven cuando lo hizo, pero recordaba bien el olor y, sobre todo,
recordaba lo que le había dicho solemnemente su padre: "Hijo,
los perros y los gatos son enemigos mortales". Cuando los otros
perros oyeron esto, se pusieron muy nerviosos y asustados.
-¿Y como vine yo a ser padre de un gato?- se retorcía
atónito y un tanto molesto Hércules.
-¡Un gato, qué terrible, un gato!- exclamaba Pandora, pero
luego se preguntaba- ¿Un gato... y qué es un gato?
-¡Un enemigo mortal! ¡Retúmbales! ¡Un enemigo
mortal!- le respondía Aramís, pero luego él también
se preguntaba- ¿Y qué es un enemigo mortal?
-No importa- respondió Goliat, no sé si a Hércules
o a los cachorros-. Lo que importa es qué haremos con él.
Pero ninguno alcanzó a pensarlo siquiera, pues Dalila se alzó
con los pelos del lomo erizados, las orejas tiesas y mostrando los colmillos,
y les gruñó furiosa: "¡Con mi hijo no harán
nada!", y les largó una andanada de ladridos que los hizo
correr a todos, incluso a Hércules, que hasta los perros saben
cuando es mejor no discutir con sus esposas. Pero, mientras corría,
o más bien traqueteaba con sus oxidados huesos, Goliat decía
jubiloso: "¡No hay por qué preocuparse, se irá
como los otros!". Y, ya a prudente distancia de la perra y con
la seguridad de que el gato sería regalado por los amos, los
perros se sintieron un poco más tranquilos.
Felipe
Jordán Jiménez

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