Y allí estaba
el Joselo, seguramente en la luna, cuando la señorita Perla llegó
por fin, trayendo de la mano a una niña desconocida, que venía
muy seria, con su bolso bien aferrado, como temerosa de que se lo robaran.
El Joselo no se percató de su presencia hasta que la profesora,
después de pedir silencio y saludar, la presentó al resto
del curso: “Niños, esta es Angélica y desde hoy
es parte de este curso. Ella viene de muy lejos, así que démosle
la bienvenida para que se sienta bien y contenta de estar en este colegio...”.
Solo entonces el Joselo bajó de la luna y vio a su nueva compañera...
y se quedó con la boca abierta. No es que Angélica fuera
muy distinta a las otras niñas del curso, pero para él,
que la vio de pronto iluminada por un dorado rayo de sol matinal, ella
resplandecía como un ángel caído del cielo. De
un solo vistazo, se enteró de sus rizos castaños, sus
ojos café clarito y el diminuto lunar sobre la ceja izquierda.
Embelesado, la oyó decir “hola” y su voz le pareció
el tintineo cantarín del agua de los arroyos y la sonrisa que
acompañó al saludo, fue como una cortina de sol que se
filtra por entre las nubes en un día de lluvia, provocando el
arcoiris. Así no más fue, en dos segundos, el Joselo se
cayó de la luna y se enamoró.
Felipe
Jordán Jiménez

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