Entretanto, los
cuatro expedicionarios alados, después de varias horas de vuelo,
se acercaban, por fin, a los límites de su territorio. Si el
águila y los halcones hubieran ido solos, no habrían tardado
tanto en un trayecto relativamente corto, pero el loro les impedía
alcanzar la velocidad a la que acostumbraban a viajar. Lo malo fue,
que al tener que volar muy bajo y a trechos irregulares, no pudieron
aprovechar las corrientes y los vientos, de modo que se vieron obligados
a aletear bastante, por eso, al final de la jornada, estaban exhaustos.
Más encima, Oxi se negó terminantemente a pasar la noche
entre las rocas de una ladera, como acostumbraban las rapaces, y tuvieron
que acomodarse todos en las raquíticas ramas de un solitario
árbol casi seco que encontraron por allí. Así,
malhumorados e incómodos, vieron esconderse el sol tras el horizonte
y aparecer las estrellas en el firmamento.
-¿Saben?, siempre quise viajar... -dijo el loro en tono soñador
y mirando hacia lo alto-. Mi jaula es linda y segura (y muy bien ubicada
frente al televisor), pero, a veces, me daban ganas de estar en otros
lugares, conocer... Ir donde ningún otro loro ha llegado jamás...
-¿Qué te impide hacerlo ahora? -le preguntó Tonati.
-No tengo tarjetas de crédito -contestó Oxi, pero al ver
las caras de incomprensión de los demás, agregó-:
el tiempo pasa y nos vamos poniendo viejos... Apenas si sé volar,
no llegaría muy lejos y ni siquiera sabría dónde,
pues no puedo distinguir el norte del sur...
-¿Nunca quisiste estar con los tuyos, digo, con otros loros?
-interrogó de nuevo el águila.
-¡Claro que quise... yo también sé cuando es primavera,
galán! -replicó burlón el loro-. Pero no tuve muchas
oportunidades... Mi familia humana me quiere y me cuida, pero no llega
a tanto.
-¿Cómo son los hombres? -Richthofen había estado
aguantando la pregunta todo el día.
-También tienen dos patas, como nosotros... -se burló
Oxi.
-¡Loro!
Felipe
Jordán Jiménez

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