¡Que siempre te guste leer!
             
   
Felipe Jordán Jiménez - Escritor
   
               
 
Inédito
 
PRESENTACIÓN

Un escritor construye su oficio día a día; muchas veces escribe por el gusto escribir, sin siquiera pensar en la posibilidad de que otros lean esos textos. Así se van juntando páginas y páginas y, de vez en cuando, se hace un alto para revisarlas. Surge, entonces, la idea de compartir esas lecturas. Ese es el fin de esta sección: mostrar textos que, aunque no han sido publicados, tienen un significado especial para el autor. 

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LLUVIA
Por Felipe Jordán Jiménez

Chutémoc olió el aire y supo que iba a llover. Sería un aguacero grande y largo, de esos que inundan todo y mojan aunque se esté bajo techo y resguardado por cuatro paredes. No una lluviecita raquítica de gotitas menudas, sino un chaparrón gordo y oscuro, de goterones pesados cayendo como mocos desde las nubes resfriadas. Sí, señor, se venía una tempestad como pocas veces se ve y Chutémoc lo supo con solo oler el aire.
Así que se levantó, un poco quejumbrosamente, y comenzó a recoger sus cosas y a guardarlas sin prisa en la caja de madera que le servía de asiento hasta ese momento. Se movió, lentamente y arrastrando los pies, por todo el jardín revisando que nada se le quedara olvidado por ahí, mientras los niños jugaban a los equilibristas sobre la estacada del huerto, sin percatarse de lo que el abuelo hacía.
Una vez que todo estuvo en la caja, Chutémoc la levantó, no sin cierta dificultad, y entró con ella a la casa. La dejó en el rincón de siempre y se sentó a la mesa, suspirando por el esfuerzo y sonriéndole a la mujer que preparaba el almuerzo.. Ella, sin embargo, no sonrió, más preocupada de derretir la manteca que del viejo que acababa de entrar.
-Va a llover- dijo Chutémoc tranquilamente.
-¿Ah... sí...?- replicó distraídamente la mujer, sacando la tetera del fogón.
-Sí... y harto va a llover- sentenció el anciano, sin cambiar el tono.
La mujer puso otra olla sobre el fuego, pero la retiró en seguida, al tiempo que le echaba una mirada dudosa al viejo, que siguió sentado, inmutable. Entonces, se olvidó por un momento de la cocina y se asomó a la ventana para ver el cielo. Todo era azul hasta donde se podía ver.
-¿Y dice que va a llover?- preguntó frunciendo el ceño.
-Y mucho...- contestó Chutémoc sin mirarla.
-¿Está seguro, oiga...?- la mujer se puso algo nerviosa.
-Lloverá un mar...- el viejo sonrió ante su metafórica ocurrencia.
Ella apuró el cocido, trasegó el caldo y salteó a la rápida los vegetales, para dejar todo a fuego lento. Luego, se quitó el delantal y casi corriendo, salió de la casa rumbo al campo. Al pasar junto al huerto, ordenó a los niños guardar las vacas en el corral y los pollos en el gallinero. “¡Y después se me entran y no salen!”, les gritó antes de perderse tras el entablado de las porquerizas.
Encontró al hombre justo cuando estaba a punto de lanzar la semilla. Al verla venir, tan apurada y con cara seria, él juntó las cejas y apretó los dientes.
-¿Qué pasa...?- preguntó en cuanto ella pudo oírle.
-Tu padre dice que va a llover un montón...- respondió ella en seguida, como justificando su repentina aparición.
Él alzó la vista al cielo, protegiéndose lo ojos del sol con la mano: todo era azul hasta donde se podía ver.
-¿Segura que el viejo dijo eso?- preguntó incrédulo.
-Segura...- confirmó la mujer.
El hombre cerró la bolsa con las semillas, se la echó al hombro y comenzó a caminar hacia la casa. Ella lo siguió.
-Bueno... hoy no será entonces- concluyó y sonrió con dientes grandes y muy blancos.
-Ojalá no sea mucho...- aventuró la mujer, también sonriendo.
-Lo que sea... no nos vamos a aburrir- dijo él- Seguro que hacemos otro crío...
Y los dos se rieron, mirándose maliciosamente.

Cinco días después, Chutémoc volvió al jardín ajado por la tormenta y lleno de charcos de fango por todos lados. Tras él, su hijo se despidió con un beso de la mujer, luego se echó el saco de semillas sobre el hombro y se alejó caminando tranquilo hacia el campo.

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TODOS LOS SUEÑOS SE CUMPLEN (*)
Por Felipe Jordán

El hombre pájaro abrió sus grandes alas y se dispuso a volar. Había estado orando a Dios con toda esa pasión con que solía hacerlo desde niño, como lo había hecho la primera vez, como lo había hecho el día en que tuvo la luminosa inspiración y supo que había nacido para volar. Ahora cumpliría su destino magnífico, sin importar la burla de los que le creían loco, ni tampoco el llanto de su mujer. Ahora volaría.

El hombre pájaro abrió sus grandes alas y se dispuso a volar, y al hacerlo dejó de parecer la gárgola empequeñecida en la altura del campanario y todo el pueblo, que lo veía desde abajo, se preparó para lo inevitable.

Y henchido de aquella terrible fe que siempre le quemó las entrañas, con la sonrisa del iluminado en el rostro, se lanzó al vacío en un fantástico picado, y los de abajo abrieron la boca y contuvieron sus gritos por un instante.

Entonces, él batió sus brazos y con graciosa curva se elevó hacia las nubes, alto y más alto cada vez, y se reía y lloraba y agradecía a Dios su infinita bondad y misericordia. Y toda esa felicidad no le dejó comprender por qué los del pueblo miraban hacia abajo en vez de buscarlo allá arriba, en el cielo.

(*) Este cuento fue escrito hace bastantes años atrás, en mis días de universidad. Es lo que se conoce como un microcuento.

 

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